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Virus
29 abril, 2019|Desamor

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Ramiro salió de la junta con el rostro desencajado. Estaba hastiado de la presión laboral y en apenas dos semanas más vendría la revisión de resultados y como el año pasado, no sólo no llegaría a los objetivos sino que aparte tendría que soportar las caras de felicidad de los compañeros de área que seguro sí conseguirían el bono.

Al llegar a su cubículo, observó que en la pantalla de su computadora había dejado incompleto el reporte de ventas. Malhumorado, guardó el archivo y accesó a Internet. Comenzó a “chatear” y pronto entabló conversación con una chica; había conocido otras más por este medio pero nada que valiera la pena. Total, era una forma entretenida y fácil de ligar así que tampoco esperaba la gran cosa. Tras conversar cuarenta minutos con su nueva amiga, finalmente quedaron en encontrarse por la noche en una pequeña cafetería del centro.

Después, se asomó al pasillo para asegurarse de no ser sorprendido. Perfecto, no había nadie así que comenzó a navegar por las conocidas páginas pornográficas. Estaba ávido por encontrar las fotos que le habían recomendado de la última película de Bárbara Mori cuando se topó con un portal de modelos brasileñas que desfilaban por sus narices. Al ritmo de “Copacabana” extasiado veía a las beldades en diferentes posiciones hasta que su computadora empezó a fallar. ¡No puede ser! -exclamó- otro mendigo virus.

De inmediato salió del sitio. Apenas iba a ver que tanto daño había causado el virus, cuando sonó el teléfono.

-¿Ramiro? ¿Qué pasó con el reporte de ventas? ¡Lo está esperando el director!

-¡Si, Jefe! Ya lo terminé, nomás checo la ortografía e inmediatamente se lo llevo.

-¡Apresúrate!

Ramiro ya ni lo revisó, sólo le agregó un par de datos que supuso estarían bien y se lo mandó a su jefe.

Por la noche, protegido en un rincón a media luz para no ser descubierto por alguna amiga de su esposa, espera a su cita. En eso, entra a la cafetería una mujer. Es alta, delgada y camina con cierto garbo. “Mira nada más que bombón. Ojalá fuera ella. Pero es imposible, sería un milagro” -piensa Ramiro. Sin embargo, al pasar frente a él sonríe y le pregunta:

-¿Ramiro?

-¿Sara? -Responde asombrado.

-Sí…

-Siéntate, por favor -le dice poniéndose de pié y acercándole la silla.

-Gracias.

Ramiro no puede creer su suerte. Tras un rato de conversar, se anima y le dice:

-Sara… se que es muy atrevido de mi parte, pero, eres tan bella que no aguanto las ganas de pedirte que nos vayamos a un lugar más íntimo.

-Oh, no. Creo que eso no estaría bien. Ni siquiera me conoces y…

Ramiro la interrumpió y echó a andar toda la maquinaria aplicando su acostumbrada retórica. Su verbo muchas veces le había dado resultado.

Se imaginaba que su monólogo era convincente pero más bien sus presas caían por cansancio o mareo.

Esta vez le costó más trabajo de lo habitual pero finalmente se encontró recostado con Sara. Sin exagerar, era la mujer más fina que hubiera pasado por sus garras. A pesar de las ojeras y que por su delgadez no había mucha carne de donde agarrarse, para Ramiro era un súper cuerpazo porque ahora, estar flaca, así en los huesos, era la moda.

Después de hacer el amor, Sara queda recostada boca abajo. Ramiro se percata de su silente llanto. Abrumado rellena su vaso de plástico y con desprecio observa, entre luces fluorescente, el reflejo de la imagen del espejo. Nunca ha sabido que hacer con las mujeres después de tener sexo; menos soporta que lloren. Pinche vieja, ¿pues no que muy preparada y de sangre azul?

Al empinar su tercer tequila, Sara se ha quedado dormida. Se ve débil, desprotegida, muy vulnerable. Ramiro se lanza sobre ella. Sara se despierta sobresaltada, Ramiro jadea enérgicamente y no hay manera de detenerlo. Él piensa que hacerle el amor sin protección no le afectará, total hace ya dos meses que dejó atrás las inyecciones de la leve infección que le lastimaba al orinar. “No es de cuidado”, concluyó su doctor. Al notar que no trae protección, Sara suplica, ¡no! ¡No! Pero Ramiro simplemente la ignora.

Una vez que termina, cae desplomado junto a ella. Es el colmo, Sara llora aún más. Es suficiente, Ramiro toma su ropa y se marcha sin decir adiós.

Por la mañana, encuentra su reporte de ventas adjunto a una carta de renuncia. Resulta que como virus, su reporte fue transmitido de mano en mano; primero su jefe, luego el director y finalmente el presidente de la empresa quien al leerlo gira la instrucción de despedir al inepto que realizó tal trabajo.

Antes de abandonar su oficina, revisa su correo. Sara le ha escrito pero entre sus líneas omite decirle que viene de una familia acomodada. Quisiera platicarle que su padre la echó a los diecisiete años cuando le confesó acerca de su embarazo. No se arrepiente de haber tenido que prostituirse para alimentar a su pequeño y sacar adelante su carrera. Desearía que el muy estúpido comprendiera que lo buscó porque necesitaba compañía; conversar y sentirse apoyada; un poco de protección masculina aunque sea por un momento. Respecto al sexo, no le vendría nada mal, tenía dos años sin saber lo que era un beso, justo el mismo tiempo desde aquella fatídica tarde lluviosa en la que recibió los resultados que le diagnosticaban como cero positivo.

En su correo no le recriminaba a Ramiro poseerla sin preservativo, por el contrario, le desea de todo corazón salir exento del virus de sida.

Suerte, mucha suerte.

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Alejandro Mier
"Mis Andares, no son más que historias de esas que escuchamos a diario y que por creerlas de interés o que aportan algo en este loco afán de tratar de entender el comportamiento humano, me parecieron dignas de dejarlas por escrito. Te aseguro que después de leer algunos de mis Andares, notarás que tú también tienes muchas historias que merecen contarse... si las quieres compartir, son bienvenidas! Por lo pronto, será un placer encontrarte... en los Andares de la vida".